La partida de Nelo

Nelo se sentó sobre una roca mirando el pequeño valle que se extendía unos ochocientos pies abajo de un barranco. Su ración de dos tortillas y un puchito de frijoles no eran suficientes para lo que su cuerpo de quince años necesitaba. Usando una tortilla como plato, Nelo hábilmente partió la otra y recogió unos frijoles, intentando que le duraran hasta el último bocado. Masticaba despacio, saboreando un toquecito de sal de un dedo humedecido entre mordidas de las duras tortillas del día anterior. Era frustrante estar aquí tanto tiempo. Para este entonces ya debería haber llegado a su puesto en el Frente, como técnico de mantenimiento de Radio Venceremos, la emisora guerrillera que mantenía a todos, amigos y enemigos, al tanto de la Guerra Civil Salvadoreña.

El guía del grupo de nuevos reclutas parecía un poco inseguro; ya era el tercer día esperando en el mismo lugar por noticias de alguien con instrucciones sobre la ruta a seguir para unirse a las unidades asignadas. Hasta la pareja de civiles que vivía a un kilómetro del camino había estado advirtiendo al guía que los soldados se estaban acercando y que debían moverse.

El futuro de Nelo se encontraba en las colinas que se extendían frente a él. Su hogar, del que su familia había tenido que huir al inicio de la guerra, no estaba lejos, escondido entre esas colinas cerca de un pueblo llamado Jocoaitique. Regresaban vagos recuerdos, de las vacas de su abuelo y de un acantilado peligroso del que siempre le advertían y le decían que mantuviera a su hermano menor Balmore alejado del borde. Nelo tenía seis años cuando la familia huyó a Honduras; Balmore se enfermó de repente y murió justo cuando se preparaban para irse. Ahora Nelo regresaba como un hombre, listo para ocupar su lugar en las fuerzas revolucionarias. Los cursos sobre Imperialismo, Socialismo, Justicia, Opresión y Revolución en los campamentos estaban bien, le daban un sentido de propósito y pertenencia. Pero la formación como técnico de radio se volvió la verdadera pasión de Nelo. Su mente ágil y dedos rápidos absorbieron al instante los detalles mecánicas, lo que le dio un orgullo inmenso por poder ofrecer una contribución valiosa. Era un hecho que algún día iría al frente. Su papá Milton, su abuelo, su tío Tano y sus tías estaban enlistados. Hasta su mamá Timo había hecho varias veces de misionera en el retroguardia. El tío Tano había muerto en combate años atrás y las dudas de Nelo solo las podía compartir con su hermana menor. Pocos días antes de dejar el campamento, le preguntó a la pequeña de seis años: “Ena, ¿crees que debo ir al frente?” “Yo soy muy chiquita para decidir eso, tú tienes que tomar tu propia decisión”, fue la respuesta, la primera en ponerle la carga de nuevo sobre los hombros y la única que no asumió que por supuesto iría.

Los pensamientos de Nelo vagaban hacia Demy, esa muchacha tan dulce, dejada atrás en Las Vegas. Solo a cuatro horas de caminata por unos cerros. Tan cerca, pero a la vez tan lejos. La frontera con Honduras, con sus patrullas militares constantes, que se intensificaban alrededor del campamento de refugiados de Colomoncagua, no se podía tomar a la ligera. Los soldados tenían órdenes de disparar y las habían cumplido con eficacia en varios ocasiones. Nelo llevó su nudillo a rozar la herida, aún ardiente, en su pómulo derecho. Demy había ido directo a su cara la noche antes de que partiera, esas manos cariñosas se habían convertido en garras vengativas. “Espero que mueras allá”, logró gritar entre sollozos. No fue un despedida amable. Las despedidas con Carmen, Miriam y Canda fueron más acogedores, dignos de un guerrero saliendo para el frente. Ellas entendieron que él tenía que ocupar su lugar como hombre en la guerra y le dieron su cuerpos y consuelo sin reservas. Pero fue el pensamiento de Demy el que le trajo un doloroso arrepentimiento: “¿Por qué no entiende, por qué no está orgullosa de mí?” “Que Dios y la Virgen me aparten,” murmuró, recordando la maldición de despedida de Delmy, mientras se hacía la señal de la cruz y besaba el crucifijo de hilo negro que llevaba al cuello.

Sacudiendo el remordimiento, Nelo se limpiaba las manos en los pantalones y buscaba en su mochila el pan de macarrones que su madre le había empacado. En el campamento de refugiados había llegado una donación de un contenedor lleno de macarrones de Italia. Al parecer, en Italia solo comen macarrones, así decían los Internacionalistas que trabajan en el campamento. Las cocinas del campamento, encargadas de preparar la comida para unos ocho mil refugiados, habían probado mil y un formas de preparar los macarrones al gusto de los salvadoreños. Todo fue en vano, hasta que alguien dio con la idea de molerlos para hacer harina para pan. Los Internacionalistas en los campamentos también inventaron otra forma de hacer los macarrones comestibles; los freían en aceite, les ponían sal y los decían nueces para la cerveza. A pesar de que el pan estaba duro y seco, ya se estaba poniendo viejo. Nelo pensó en comerse el paquete que su madre había mandado a su tía María. “Si no llegamos al Frente para mañana, me lo voy a comer,” pensó, “no hay sentido en dejar que se eche a perder.”

Un chillido ensordecedor rompió la contemplación de Nelo. Rápido, giró su cabeza hacia el hombro derecho justo cuando un destello deslumbrante aturdió sus sentidos. Un leve quemazón en la marca que le dejó Demy, los árboles y las rocas se mezclaban en un torbellino borroso, y Nelo sintió que caía en un abismo nebuloso de un silencio extraño.

Al despejarse la neblina y los ruidos de la batalla volviendo de a poco, Nelo se dio cuenta que estaba a unos tres metros del suelo. Vio al grupo de compas corriendo en guinda entre los pinos, deslizándose en desbandada por el alto barranco que daba al valle. Las explosiones de las granadas sonaban raras, como apagadas, al caer sobre el campamento, igual que el tiroteo de los soldados que avanzaban. Mirando hacia abajo, notó el cuerpo inmóvil de un joven guerrillero. “Pobre compa, seguro lo agarraron al inicio del ataque, nunca tuvo chance de escapar.” La realidad le fue llegando lentamente mientras reconocía la cabellera rizada, las botas amarillas que él había manchado de marrón y el pedazo de pan de macarrones medio aferrado a la mano ensangrentada. “Despierta, despierta”, gritó en silencio hacia el cuerpo abajo, “Despierta, despierta”, se repitió tratando de salir de esa pesadilla. Los ruidos de la batalla se desvanecieron a lo lejos, llevándose la mayor parte de la ansiedad. El adormecimiento lo envolvía, mientras rostros y recuerdos flotaban en la bruma que lo rodeaba.

Sintiendo una presencia, Nelo se giró y vio a su hermano menor Balmore, emocionado, jalandole a su tío Tano por la neblina, “Te dije que venía”, y luego mirando a Nelo, “Qué chivo verte, hermano. Te va a encantar este lado.”

-De lo que he podido recopilar-

rab 3/20/25

2 thoughts on “La partida de Nelo

  1. Adrian Fitzgerald's avatarAdrian Fitzgerald

    Fantastic Ron. Great storytelling. You captured so many aspects of life in Colo. So sad. So many Nelos

    Adrian

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    1. Ron Brenneman's avatarRon Brenneman Post author

      Thanks Adrian. So many Nelos, too many. Many details starting to be lost to memory; I always wondered why I had to buy so much black thread. The contradiction, of course, is that we were never so alive…

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